
Segundos. Es el tiempo que algunos periodistas tardaron en darse cuenta de que la fotografía que El País acababa de publicar a toda página era o podía ser falsa, y en comunicarlo a través de Twitter y los canales del propio diario. Minutos. Es el tiempo que tardaron en corroborar que lo era. Horas. Es el tiempo que esa fotografía estuvo en la redacción, o al menos en algún despacho directivo, del rotativo de referencia en habla hispana.

Qué pasó en esa fatídica noche del 23 al 24 de enero es un misterio que tampoco aclara el comunicado de disculpas. Resulta increíble pensar que un grupo de profesionales de la prensa, por pequeño que fuera el círculo en el que se tomó la decisión, no vieran nada extraño en la calidad de la imagen, ni en su textura, ni en su procedencia, por muchos años que El País hubiera trabajado ya con la agencia responsable de hacérsela llegar. O precisamente por eso: ya tenía precedentes en vender capturas de internet y está especializada en prensa rosa. Al menos, podrían haber reparado en esa extraña forma espectral invertida que aparece a la derecha del presunto Chávez tras la manipulación de la imagen, que hace sospechar que su autor la pusiera ahí para reírse del destinatario.
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Mientras toda España estaba pendiente de los bosones y la materia, en Galicia ocurría algo terrorífico. Una vaca espantaba moscas con el rabo. No, eso no. O también. Pero lo importante es que aparecía, un año después, el ya mítico Códice Calixtino, una pieza histórica de incalculable valor. De incalculable valor para un experto, que un señor de Coruña de toda la vida pues quizá pudiera encontrárselo.
Por supuesto, el medio de referencia en toda Galicia y que lleva su nombre, se acercó al lugar de la noticia para comprobar si el (presunto) ¡ladrón!, ahora detenido, saludaba o no. Y, ¡oh sorpresa!, parece ser que no.
“Incluso andaba moi despaciño, mirando para abaixo, parecía que papaba as moscas. O coñezo de vista dende hai anos e a sorpresa é incrible”.
Y así, en una de las miles de versiones que existen de la lengua gallega, hemos conocido gracias a la voz de los vecinos y de La Voz que por fin han detenido a un delincuente discreto, excéntrico y callado. Un delincuente sin amor por la conversación de ascensor. ¡Inaudito!
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Qué sería de nosotros sin sentidos ni sentido que darles. Nuestra vista, para leernos; nuestro gusto. Nuestro buen gusto, que nos lleva tantos días a regalar a los oídos el placer de escuchar la radio. Un placer que se hereda, se siente; quizá con el que se vive desde siempre y para siempre.
Era pequeño y ya me interesaba el mundo que me rodeaba. Leía el Pequeño País con seis años. Con siete, la sección de Internacional. No entendía nada, pero me acercaba en forma de cuentos a extraños y exóticos lugares. Me encerraba con ellos en la soledad de mi habitación, con su estética de invernal domingo por la tarde, forjando así ese punto bohemio que ya nunca dejaron de tener.
Llegaba el verano, el calor, los domingos se respiraban con olor a campo y los periódicos acababan siendo usados como almohada vespertina, tras cumplir su función matinal con respetados padres. Jugábamos al baloncesto, nadábamos y volvíamos a casa. En el traqueteo del trayecto en coche siempre acompañaba, de fondo, casi dormidos y aún sin cinturón de seguridad, ese sonido inconfundible, el de la Cadena SER.
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El 23 de mayo el diario Público nos contaba que Marvel va a publicar la primera boda gay de un superhéroe; una noticia que, por cierto, coincidía con otra del mismo día en la que un pastor de Carolina del Norte proponía encerrar a los homosexuales dentro de una verja electrificada hasta que muriesen, pero ese es otro asunto.
Aquí lo que hacemos es hablar de prensa. Y la noticia sobre el cómic contenía, al final del artículo, un error conceptual que llama la atención por evidente. Este párrafo:


ABC, 29 de mayo de 2012.

“Mueren cuatro niños españoles en un incendio en Qatar”.
Veamos. Tenemos una fotografía a toda página para contarnos que han muerto cuatro niños españoles; un suceso que, entendemos, merece el puesto destacado en la portada porque ocurrió en Qatar y no en Castelldefels. Un incendio “aquí” protagonizado por gente de “aquí” o de “allá” no parece motivo de portada en un diario nacional, salvo que el número de víctimas sea anormalmente elevado (que no es el caso) o que afecte a una enorme extensión de terreno (que tampoco); pero algunos periodistas entienden que si el incendio es “allí” con gente de “aquí”, entonces sí. Por eso tenemos también ese titular a toda página para señalar que han muerto cuatro niños españoles, pero que no menciona que fallecieron otras 19 personas, de las cuales 13 eran menores, incluyendo, claro, a los menores españoles.
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“No dejes que la realidad te estropee un bonito titular”. ¡Cuántas veces habremos oído esta frase! Es cierto que en el mundo del periodismo algunos la aplican casi cada día. Hoy traemos un ejemplo.
El pasado 17 de mayo, el diario ABC informaba en su página web sobre un presunto cambio de nombre de la radio autonómica de las islas Canarias, mediante este titular:

A cualquiera que pueda leerlo, sin tener más datos, se le viene a la mente una nueva afrenta territorial, máxime cuando justo debajo se incide en esa vía política, adornado todo ello con la imagen del presidente Paulino Rivero ante un micrófono de la aludida emisora.
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El libro de estilo de El País es uno de esos manuales imprescindibles para cualquier estudiante de periodismo. Un punto de referencia para la profesión, teniendo en cuenta que el de PRISA es nuestro diario de mayor prestigio, dentro y fuera de España.
Sin embargo, no deja de guardar sorpresas que, como poco, se pueden calificar de curiosas. Una de las que se han comentado con cierta intensidad durante muchos años es esta:

A El País le parece una auténtica barbaridad que unos tipos grandes y musculosos se repartan golpes indiscriminadamente, y por tanto decide, legítimamente, no informar sobre ello.
Se podría discutir. Pero el debate trasciende a una dimensión diferente cuando hoy, 22 de mayo, cualquier persona que viaje a su sección de Cultura puede encontrar noticias sobre la feria taurina de San Isidro de Madrid. “Un picador de bandera”, titula a la gloria de un tal Nacho Meléndez.
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Hoy en (inconsolata) vamos a hacer dos excepciones. La primera: no hablaremos de prensa, sino de lo que no lo es. La segunda: no hablaremos en tono serio, la situación lo hace imposible. Sí, aunque no lo hayan notado, normalmente somos gente de hierática mirada e imperturbable gesto. ¿Han visto a Gabilondo delante de una cámara? Pues igual.
Ayer en Xaora hablábamos extensa (y seriamente) sobre la polémica surgida en torno al diario La Razón, que había llevado a su portada las imágenes de cinco jóvenes presuntamente asiduos a las protestas estudiantiles afines a la izquierda. La acusación: ser malos estudiantes. Además de rojos, malos estudiantes. Hay que ver. Este hecho mereció ser portada de un diario nacional. Ya lo quisieran para sí muchas madres desesperadas con sus holgazanes hijos: “¡cómo me traigas otro suspenso vas a La Razón!” Todo ello fue aderezado con una estética muy poco propia del periodismo informativo y menos aún del siglo XXI. Para rematar, su director, Francisco Marhuenda, se enzarzó con los usuarios de Twitter y tras varias revelaciones ortográficas la broma derivó en un espectáculo de muy mal gusto.
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Muchas veces se habla sobre la politización de los medios, su relación con los partidos políticos u otros grupos económicos o de presión y, por tanto, su participación activa, y no como mero observador, de las cosas que pasan.
Pero cuando se comentan estas cuestiones se olvida que esa toma de partido, que ciertamente existe (interesada o no, puesto que tener una línea editorial es imprescindible en un medio), puede tener muchas formas y matices. No es lo mismo la propaganda que la influencia. Cuando un medio de cualquier tipo decide hacer lo primero, y hay sobrados ejemplos, tiende a convencer solo a los fanáticos. Es lo que le pasa a algunas televisiones autonómicas, como Telemadrid o Canal 9, o a algunas cabeceras de la prensa escrita como La Razón o La Gaceta. Todos esos medios están hundidos en los datos de audiencia y se sostienen financieramente o bien por la aportación pública o bien por el soporte de otros grupos empresariales con intereses paralelos que les permiten hacerlo. Un buen ejemplo es el diario Público, que no tuvo tanta suerte y que, de existir ahora en su edición impresa, sumado a ABC supondría el renacer de la cartelería política del siglo XIX y comienzos del XX.
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(inconsolata) tiene el placer de anunciar una nueva incorporación a su nómina de colaboradores. Talile se encargará de aportar su incisivo arte a las páginas del blog. Nos brindará el punto de vista más ácido de la actualidad con sus fotomontajes, gifs e ilustraciones. Se encarga, por tanto, de manipular la realidad que ya nos encargamos de hacer visible cada día en el blog.
Hoy se estrena con el momentazo de Rajoy. Una imagen que nos tomaremos como símbolo de la situación que vive nuestro país en estos momentos.
Vídeo del gif: Atlas, para ElPaís.com.

A Jorge Barraza ya lo conocíamos por su requeterecomendado blog, A partir de hoy, Xaora también forma parte de (inconsolata). Jorge se incorpora como colaborador habitual del blog, en ésta, su nueva sección, que también se llamará Xaora en un alarde de originalidad. Como anfitrión, solo me queda agradecerle su interés a la hora de formar parte de esta aventura. Estoy seguro de que el blog se enriquecerá mucho gracias a sus aportaciones.
El mundo moderno (o posmoderno) en el que vivimos está lleno de paradojas. Una de ellas es que el periodismo tradicional se llenó la boca y la tinta anunciando su compromiso con la defensa de los ciudadanos, y tanto se lo creyó que hasta los grandes periódicos tuvieron que crear un defensor del lector que los defendiera a su vez, se entiende, de los propios periodistas.
Estoy convencido de que Saúl me ha invitado a colaborar en (inconsolata) porque cree que yo puedo aportar algo. Y se me ocurre que quizá, en un pequeño rincón donde el diseño y la prensa confluyen de manera mágica, pueda intentar añadir un pequeño aporte vitamínico sobre mi campo de especialización: el contenido.
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